martes, 28 de diciembre de 2010

Breve

¿Sería la felicidad felicidad
si no fuese tan breve?
¿Serían los instantes realidad
si no existiese el recuerdo,
si no se hubiese de añorar?

Estaba ahí, contigo,
y ya no... ¿por qué?
¿Por qué no es ahora
aquel momento
y el ahora un después?

Lluvia

树诗雨

jueves, 2 de diciembre de 2010

Lejos de la lava

Lejos de la lava que ardía en mis venas
lejos de la ardiente luz del sol
entre las largas sombras de la luna
y su tenue luz, suena una canción.


Esa canción de aroma a beso,
esa canción de sabor a flor
suena por las noches lejos de la Tierra
y en las lagunas resuena tu voz.

Desde el universo, donde la belleza
se observa con distancia
y con admiración,
la Luna velaba a la Tierra
y la Tierra contemplaba al Sol.

Lluvia

树诗雨

viernes, 26 de noviembre de 2010

Castillos en el aire

Los castillos en el aire
se van con el viento.
La añoro y no la siento...
cual se añora al fantasma
de un falso recuerdo.

¿Qué fue real de nuestra historia?
¿Dónde acababa la imaginación?

Me siento despertar de un sueño
turbio y obsesivo, pero tierno...
y siento que lo único real fueron
aquellos dos encuentros
aquellas dos veces que nos vimos
y aquello que sentimos... tan intenso...

sé que volverá pero,
¿por qué aferrarse a un clavo ardiendo?

Lluvia
树诗雨

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Te espero

Cierro los ojos y unos brazos me rodean

y me acunan con cariño.

Las manos de seda acarician mis cabellos,

otro cuerpo se acurruca junto al mío.

Cierro los ojos y es mi hogar quien me abraza,

de lejos o de cerca, mi casa.


Perdida y sola en esta tierra, con la vista cansada

y el pensamiento perdido.

Cierro los ojos y te veo conmigo.

Cierro los ojos y me veo contigo.

En un lugar en que sólo habitan dos almas,

en nuestra dimensión te espero, amor mío.


Lluvia
树诗雨

sábado, 20 de noviembre de 2010

Seis continentes

Mi amor está dividido
entre seis continentes.
A lo lejos, tras los muros de tierra,
se encuentra mi princesa.

Bajo las sábanas de una habitación lejana
y entre los cogines
mi bebé mira la ventana
y mi abrazo aclama.

Al otro lado del océano,
donde el día es mi noche y su noche es día
mi hermana contempla el cielo
y su amor me envía.

Con la vista puesta en un país cercano,
con la mirada perdida
Robert está palpitando
y añoro nuestras risas.

Aquel que me cambió la vida
que trajo todo lo bueno y lo malo
Jos, amigo mío,
espera mi abrazo de hermano.

Y aquí, mi China,
mi tierra prometida
donde albergaba sueños e ilusiones
quien me dio y me quitó la vida...

se me nubla la mirada
tengo el corazón partido
seis continentes y un sólo alma
y un alma perdida en el olvido.

Me siento afortunada, princesa,
de haberte conocido,
has cambiado mi existencia
quizás un día ¿estarás conmigo?

Siempre te dije y lo mantengo
que no tengo miedo, sé que te quiero,
ya no deseo estar con nadie,
si no soy tuya seré del cielo.

Adios mi vida, adios mi cielo,
quiero decirte "hasta luego"
Que Dios nos diga lo que viene
dejo en sus manos nuestro destino cierto.

Lluvia
树诗雨

jueves, 26 de agosto de 2010

Destino

Cuando me hablas

veo al destino enlazarse

con el hilo de tus palabras

y así yo voy

comprendiendo lo incomprensible

que llega antes que el saber.

La imagen que tu me muestras

es la que yo pude ver.


Lluvia

树诗雨

lunes, 16 de agosto de 2010

Aishiteru, maitia

Cuando te miro en la distancia
en un punto en que no estás
se me nubla la vista y la razón
y, cual ciega de condición
a quien los sentidos se le agudizan,
puedo oler tu aroma
y acariciar tus mejillas.

Me veo en el reflejo de tu pupila
que brilla y no parpadea
pues en la duda no se hospeda
ni el ansia la atemoriza.
Me veo en el reflejo de esa pupila
porque sé que cuando te miro
tú también me miras.

Lluvia

sábado, 7 de agosto de 2010

La leyenda del monte perezoso

Hace mucho, mucho tiempo en un mundo parecido pero no igual que el nuestro, vivía un monte joven, alto y perezoso que siempre estaba durmiendo. Aquel monte tenía sueños de grandeza propios de los de su especie. Quería ser el más verde, el más fresco y con mayor riqueza de frutos. Y soñaba con ello todo el tiempo.

Habitaban este monte unos cuantos zugots niños. Los zugots son unas criaturas muy curiosas de éste mundo. Se parecen mucho a los árboles en algunas de sus características , y difieren mucho en otras. Nacen como semillas, sus padres les plantan en la tierra, les alimentan de frutos y, al crecer les salen brazos y piernas y pueden moverse libremente. Algunos no tienen brazos sino alas, otros tienen varias piernas, a algunos les salen hojas... pero en general pueden adoptar diversas formas a gusto. Son seres juguetones y glotones. Les gusta mucho saltar por los montes y reposan en ellos echando raíces temporales.

Pero sus raíces tiene otro uso además del reposo. Les ayuda a mover a los montes. Los zugots son seres fuertes y poderosos y, cuando necesitan que el monte se mueva un poco o modifique ligeramente su forma, hacen vibrar sus raíces y estos temblores traen los pequeños cambios.

Pero éste monte era muy tranquilo y los zugots que vivían en él eran muy niños todavía.

Un día cayó una lluvia muy fuerte que despertó al monte. Con enfado y desconcierto se desperezó, abrió los ojos y fue mirando a su alrededor. tardó bastante rato en quitarse la modorra. Los zugots al principio le resultaban extraños a sus ojos que lagrimeaban, pero poco a poco fue tomando conciencia de sí mismo, de su alrededor y, den definitiva, a despertarse. Lo primero en que reparó es en que los zugots estaban mucho más crecidos que la última vez que los vio y aquello le chocó bastante. ¿Cuánto tiempo había dormido? no esperaba que sus criaturas fuesen a crecer tanto... Bien pensado, ni siquiera se había planteado que fueran a crecer.

Lo segundo de lo que se percató era de que algo raro pasaba. Llovía, eso era evidente, pero todos miraban hacia arriba, a la cumbre, y parecían ensimismados y asombrados.

- ¿Qué ocurre? -se le ocurrió preguntar dirigiéndose a los zugots.

- ¡Cómo!, ¿es que eres el único que no se ha enterado? -respondió el más cercano-. Mira, mira lo que está pasando.

El muchacho parecía emocionado. El monte le hizo caso y se fijó en su cumbre donde el viento y la lluvia habían desatado lo que parecía una encarnizada batalla contra las rocas. El monte se alarmó muchísimo.

- ¡Qué pasa aquí! -gritó enfadado-. ¡Qué estáis haciendo!

- ¡Oh! Veo que ha despertado -dijo afablemente el viento parando un instante-. Soy viento y ésta es lluvia. Nos habríamos presentado pero, como estabas durmiendo... -y dicho ésto siguió machacando rocas.

El monte, con los ojos muy abiertos, se quedó sin habla ya lo largo de la ladera aparecieron unos campos de cultivo: literalmente estaba a cuadros.

- Pero bueno, ¿no vais a explicarme qué hacéis?

- Oh, sí, claro -respondió el viento sin parar-. Reforma periódica.

Permanecieron un rato callados. El monte se había quedado como estaba. Después de un rato dejó de llover y el viento se dirigió a la lluvia.

- Bueno, ésto ya está. Vámonos.

Y sin decir más se la llevó a otro sitio.

Los zugots, que veían que el monte seguía desconcertado, le hablaron.

- ¿No lo entiendes? -dijo uno- ¡te estás haciendo mayor!

Vítores y hurras siguieron a esa frase acompañados de bailes regionales como el de la palmera: "vamos, Resina, ponte a bailar, que tu lo haces fenomenal, tu cuerpo se mueve como una palmera, suave suave, su-su-suave..."

- Veo que eso os hace muy felices -dijo el monte que no acababa de entender todo y, entre su desconcierto creciente sólo sacaba un pensamiento en claro: las siestas no le sentaban bien.

- Nos hace ilusión- comentó otro zugot-. Desde que nos vinimos a este monte, todos hemos crecido bastante y empezábamos a pensar que tú no ibas a crecer...

Con estas palabras el zugot se unió a la fiesta y el monte se sumió en una profunda reflexión: se estaba haciendo mayor.

Durante varios días meditó y pensó sobre el asunto. Observaba los montes vecinos, verdes y frondosos, miraba a los zugots que, aún pequeños, habían crecido y tenían sus logros: alas, brazo, hojas... Y luego se miraba a sí mismo y veía que tanto como había soñado estaba lejos de su alcance. La realidad era que sus tierras estaban secas y eran casi desérticas, y a pesar de su alegría actual, los zugots eran perezosos y estaban algo desnutridos porque a penas sacaban alimento de él. Se hacía mayor. Si no lograba florecer joven, no podría jamás. ¿Por qué sus tierras estaban tan secas?

- Éste no es el mejor lugar para ti -le comentó un zugot un día-. El clima no es propicio y el magma está en un porcentaje inadecuado para el pH de tu tierra. Mira mi corteza -le enseñó un brazo-, se arruga mucho y es por lo que te digo.

- ¿Y qué puedo hacer?

- Bueno... podrías cambiar de aires- dijo el zugot como quien no quiere la cosa.

El monte pensó un rato.

- Moverme de aquí, dices... Pero, ¿cómo lo voy a hacer? Me cuesta mucho moverme y vuestras vibraciones son insuficientes para irme tan lejos...

Al principio el monte se puse muy triste pero la pena no duró. La tenacidad de los montes es famosa e insuperable. Se lo propuso, se mentalizó, agarró con todas sus fuerzas y empezó un pequeño seísmo; leve, pero que muchos pudieron percibir. Los que más ganas le echaron decidieron ayudar y de vez en cuando vibraban las raíces a favor del monte. Poco a poco se iban moviendo.

Al poco tiempo de andar, como quien dice, el monte se encontró en el camino con un zugot en formato semilla. Le extrañó que estuviera sólo y le notó algo raro en su aspecto. El zugot, al verle, exclamó:

- ¡Wow! ¡Qué monte más alto! -la alegre semilla denotaba sorpresa.

- Criatura, ¿qué haces aquí solita, te has perdido?

- ¡No me trates como un bebé! -replicó la semilla- ¡soy una zugot adulta aunque no lo parezca!

- Bueno, algo raro te notaba yo... Pareces una semilla muy hidratada y nutrida pero... ¿por qué no has crecido.

- No he encontrado una buena tierra dónde plantarme. Pero tengo mucha fuerza y energía -respondió-. Y dime, ¿estas tierras tan fértiles son tuyas? -les dio un repaso con la mirada con interés.

- ¿Fértiles? -se extrañó el monte. Aquella semilla debía de estar tocada de su potencial ala-. ¿Es que no ves que estoy seco?

- Sí, hombre -respondió alegremente-, pero eso es proque no estás en tu sitio. Créeme, soy experta en tierras, llevo mucho tiempo estudiándolas y buscando la adecuada y te digo que éstas son fértiles.

Se quedaron un rato en silencio mientras la semilla seguía examinando emocionada.

- En fin -dijo subiendo al monte y acomodándose en un trazo de tierra- dejas que me plante, ¿no?

Evidentemente no era una pregunta, o al menos no esperaba respuesta. La semilla ya se había hecho hueco y se había plantado, así que el monte no contestó. Observó con agrado como la semilla iba profundizando más en la tierra. Le agradaba y le parecía muy tierna así que la ayudó cuanto pudo abriéndola camino y llevándola las pocas frutas frescas que tenía. Aquello fue descuidado por su parte pues, sin darse cuenta, había dejado al resto de los zugots sin comida y se enfadaron con la semilla predilecta del monte. Pero fue un descuido temporal causado por lo novedosos y curiosos que le resultaban aquella extraña zugot y su comportamiento.

Pronto, muy rápidamente, fue testigo vívido de la fuerza y energía de las que la semilla le había hablado. En cuanto creció un poco con los alimentos que le daba, echó unas fuertes raíces y en seguida empezó a vibrar. Toda la energía y la potencia que había reservado durante su tiempo de semilla se liberó y desencadenó un terremoto de 12º en la escala Richter. No fue un ligero movimiento de tierra, no se desplazaba un poco, aquel monte parecía navegar como un velero por la Tierra entre valles, ríos, montañas y mares. El monte, agradecido por la fuerza que le estaba proporcionando la que ya no era una semilla sino una zugot de raíces pronunciadas, tomó el impulso y caminó alegremente buscando su lugar ideal y agarrando la riqueza que encontraba a su paso.

Durante el viaje pasó por todo tipo de situaciones. Hubo temporadas de sequía absoluta en las que todos (él y sus habitantes) lamentaban haberse ido de donde estaban; hubo otras ocasiones de lluvias fértiles... poco a poco gracias a todas estas vivencias, el monte se iba cultivando y la zugot, bien alimentada, se iba haciendo grande a mucha velocidad. Pero había una peculiaridad. La zugot se había plantado tan profundamente que, a pesar de haberle crecido brazos y piernas, no podía moverlos. Estaba atrapada en la tierra donde sus raíces eran cada vez más y más profundas. Pero como no les molestaba y estaban muy cómodos, no le dieron importancia.

Llegado un punto empezaron a frenar. EL lugar ideal había sido alcanzado. Así el monte empezó a ponerse cada día más verde, mas zugots se habían mudado con él atraídos por su riqueza, y todos estaban más animados y nutridos. Los enfados hacia la zugot predilecta se transformaron en agradecimiento y pronto se adaptaron a la nueva vida. La felicidad reinaba allá donde les alcanzaba la vista.

ero bajo tierra, en las profundidades de la oscuridad, donde nadie podía verlo, el crecimiento imparable de las raíces de la zugot se había vuelto un auténtico problema. Eran tan grande que se bebía casi todas las fuentes subterráneas, las raíces oprimían al monte y lo que al principio les había resultado tan agradable y tierno se había convertido en algo verdaderamente molesto y doloroso. Casi sin darse cuenta, habían creado entre los dos una unión estrecha, profunda y asfixiante. El monte se veía cada vez más invadido por dentro y, de seguir así, las tierras no tendrían agua ni oxígeno y se secarían. Por otro lado la zugot que tan grande y preciosa se había vuelto, no podía disfrutar porque estaba tan clavada en la tierra que no podía moverse. A ésto se sumaba que era una criatura muy inquieta y no dejaba de hacer vibrar sus raíces intentando moverse y provocaba cambios que ya eran absolutamente innecesarios e inadecuados.

Los montes son gente paciente y calmada gracias a la solidez de su estructura. La estructura de éste se agrietaba ya que estaba completamente perforada.

El monte empezó a estremecerse tratando de arrancar esas raíces, pero quitaba unas de un lado y salían otras en otro sitio lo cual era frustrante amén de doloroso, como arrancarse una espina de la piel.

Probó a pedirle a la lluvia que un río arrastrara a la zugot, pero contrariamente el agua ablandó la tierra e hizo que se hundiera más en ella... Pero la zugot no era consciente. Miraba con interés al mundo ignorando las molestias del monte e iba cogiendo con la boca lo que deseaba. Estaba muy cómoda. De hecho estaba tan centrada en lo demás que tomó fijación por unas frutas que avistó a lo lejos, muy grandes, conocidas en este mundo como "chinas". Empezó a arrastrase con su vibrar hasta agarrar con la boca una rama de aquella zona. Pero no pudo acercarse más porque el monte empezó a oponer resistencia. Tiró de la rama hacía sí para acercarse y causó un fuerte tirón de la tierra con sus raíces provocando un dolor indescriptible para el monte, como el que sentiría quien tratara de arrancarse de cuajo un hueso del cuerpo.

Ambos sintieron el dolor pero ninguno cedió. La zugot siguió aferrada a la china con los dientes y el monte siguió en sus trece de no moverse de donde estaba. Bajo tierra la situación se estaba volviendo realmente tensa.

Un día al monte se le acabó la paciencia y le gritó con fiereza:

- ¡Basta de crecer! ¡Déjame en paz! ¡Sal de mí! ¡Vete y no vuelvas! ¿Es que no ves que me ahogas? ¡Que no te quiero ver más por aquí!

La zugot se quedó helada. Escuchó con pánico lo que el monte la decía y oprimió las raíces en un acto reflejo de rebeldía infantil.

- ¡No, no, no, no, no! ¡Yo te he traído hasta aquí, no puedes echarme ahora! ¡No, no! ¡No puedes dejarme sola!

Gritaba histérica revolviéndose en la tierra, oprimiendo más las raíces y causando gestos de dolo en el monte. Sólo entonces algunos de los otros habitantes se percataron de que algo no iba bien y observaron la pelea asombrados.

El monte intentaba arrancarse violentamente las raíces, la zugot le hacía vibrar, el monte pedía socorro al viento, la zugot se aferraba más fuerte... Pronto les vencieron las fuerzas y la ira se convirtió en odio y el odio en tristeza. La zugot, decaída y despechada, dijo "bien, si es lo que quieres, ¡me iré!" y empezó a dar hachazos a sus raíces con otras raíces arrancándose dolorosamente de la tierra. Tal era la violencia de su acto que pocos quedaron sin percibirlo.

Y, aunque el monte estaba contento y aliviado pues la opresión había cesado de golpe y cada vez respiraba mejor, observó que la zugot estaba causando destrozos en sí misma y perdía energía y vitalidad dándose aquellos hachazos. Pero ya no miraba con los ojos del odio ni de la ira, volvió a él la ternura y la preocupación hacia aquella criatura y decidió hablar con ella.

- Amiga -empezó-, intenta tranquilizarte-. Tú conoces casi todos los rincones de mi ser y, por confuso y enmarañado que esté todo aquí abajo, sabes que te estoy muy agradecido por tu ayuda este tiempo, por ayudarme a moverme y a florecer -la zugot paró los hachazos y se quedó escuchando con tristeza e ira apaciguada-, pero yo ya no quiero moverme más, no tan deprisa... y tú estás siempre vibrando y haciéndome viajar. Yo te entiendo porque eres una zugot y necesitas moverte mucho pero yo soy un monte y necesito estar quieto -guardó silencio un momento mientras la zugot se tranquilizaba-. Ya tienes brazos y piernas y te he alimentado y estás fuerte, ¿no crees que es momento de que camines por ti sola?

La zugot le observó pensativa. ¿Empezar a caminar? ¿Por sí misma? Llevaba tanto tiempo caminando con él que no se había parado a pensar en aquella posibilidad. Lo que decía era doloroso e iba a cambiar su vida...

Miró a su alrededor y comprendió que aquello en verdad no estaba bien. ¿En qué momento la belleza se había convertido en desastre? ¿Cuándo se había descontrolado todo?

Aunque había destrozado buena parte de sus raíces, aún quedaba mucho por despegar, tenía que desatrofiar sus miembros y aprender a caminar. Todo ésto le aterraba. Le daba agorafobia y pereza, pero miró al monte, recordó que él la había ayudado a crecer, que la había alimentado y que se lo debía.

Decidida pues a superar el dolor y separarse del monte, aún con tristeza y miedo pero con seguridad, le contestó.

- Bien. Hemos hecho mucho juntos -hablaba con firmeza-, trabajando en equipo. Entre los dos, si cooperamos, podremos sacarme de aquí, despegarme de ti y seguir adelante con nuestra vida. Empezar, por fin, a aprovechar toda la fuerza que hemos ganado juntos, los dos.

Y con aquella actitud de complicidad, con tristeza y dolor y mucho tiempo de trabajo, lograron sus objetivos y salieron adelante.



Han pasado los años, el monte ha rellenado las perforaciones y sanado las grietas. Su tierra es fértil y suave y muchos zugot pueden echar raíces de vez en cuando y nutrirse de la riqueza interior del monte. Y, entre las tierras más frescas del monte más frondoso de la Tierra, se esconde un hoyo, una cicatriz del pasado, que a todos les recuerda aquellos tiempos, aquel viaje, aquel terremoto que cambió todo. Cuando el monte lo mira sonríe agradecido por aquella época de penuria y transición que tanto le hicieron crecer. Los restos de las raíces se volvieron abono y el abono un nutritivo sin igual.

La zugot se aficionó a aquellas frutas, las chinas, y va y viene, andando con soltura y alegría de un sitio a otro. Y a veces, cuando quiere descansar, se para en el monte y sus raíces vuelve a acariciar y alimentar la tierra de su compañero. Y ambos disfrutan de esos momentos de descanso y ternura. Pero nunca ha vuelto a llegar tan profundo ni tan lejos, ni ella ni nadie. Y nunca nadie lo hará.



Cuenta la leyenda que, durante aquella dura separación que sólo queda en el recuerdo de algunos, hubo una pausa. La que la zugot se aferraba con fuerza a la china con sus dientes para tirar hacia afuera y el monte se volvía sólido y pesado para tirar hacia el otro lado. Cuando logró liberar su brazo derecho se tomaron un instante para respirar y fue en ese momento cuando nos escribió esta historia cargada de cariño, comprensión y sabiduría. La historia de estos dos amigos que se ayudaron a crecer y a florecer, y cuya relación, con lo bueno y con lo malo, trajo consigo una riqueza de la que hoy muchos disfrutan y que muchos otros gozarán.


Que así sea.


Lluvia