Es una fría tarde. El sol se aproxima al horizonte donde se
alzan elevados montes de un verde frondoso y acolchado. Casi puedo percibir el
aroma del musgo que crece en el tronco de cada árbol, un musgo verde y
aterciopelado como un abrigo, como si tratara de abrazarlos cual madre a sus
niños al aviso de una noche helada. El aire, a ráfagas, agita mi cabello que se
mueve al unísono con las flores de color malva que crecen a mi alrededor.
Juntas, flores y yo, en el lado vasto aunque luminoso y en cierto modo cálido
de la montaña, contemplamos un lento atardecer de dorados y marrones que
anuncia la llegada del otoño.
Te aproximas a mi. Tus pasos marcan un ritmo lento de ramas
secas que crujen y se parten al verse aprisionadas entre tus pies y la tierra.
No hay bota que rasgue las piedras al rozar el suelo, no hay más sonido que el
de un pie descalzo aventurándose sobre el barro seco y la vegetación austera.
Te detienes junto a mi y te sientas. No me miras ni yo a ti. En su lugar cierro
los ojos y te veo volar entre las ramas de aquel bosque, danzando con los
colores del aire, el regalo de despedida de un sol cada vez más lejano. Tú
sonríes, bailas y te fundes con el cielo hasta que tu cuerpo se asimila en el
firmamento y toma la forma de estrella. Puedo percibir tu mirada desde arriba,
una mirada que trasciende la vista, que no precisa de ojos para contemplar. Y
te miro del mismo modo.
Puedo absorber tu aroma, mezcla de pino, agua y barro, con
algo de ceniza y madera seca. El aire entra por tu nariz, el mismo aire que me
alimenta, y susurra un pequeño soplo cuando se aleja de ti. Tu pulmón está
marcando la percusión del universo y, casi sin quererlo, me veo siguiendo el
compás inspirando cuando tú, cuando el viento, cuando las hormigas, cuando el
roble, cuando el tejo… y expirando con nostalgia y un halo de desapego (cuesta
despedirse del aire que ha traído tanta hermosura a mi cuerpo).
Un grillo agita sus patas y, al momento, un saltamontes se
apoya sobre mi mano derecha. Me trae el recuerdo de células olvidadas, trozos
de piel que estaba ignorando. Y en un nuevo salto se pierde el insecto a quien,
por un rato, siento sobre mi como si no se hubiese marchado. Y pronto llega tu
mano, como un saltamontes mayor, sobre la mía, recordándome no sólo que yo
tengo piel, sino que tú también la tienes y la puedo sentir como si fuera la
misma. Cubro tu espalda con mis brazos y tú con tus brazos la mía. Laten un
corazón en cada cuerpo, late un corazón en el universo. Marcamos el ritmo de la
pulsación de un sueño. Danzando con el
otoño, con un saltamontes y un grillo, con las hormigas que se recogen, con
cada árbol y su musgo. Danzamos tú y yo, que ya no somos sino, en todo, uno. Y
persiste la danza por siempre, aún cuando nuestros cuerpos se desenredan.
Y, aunque abro los ojos no giro la cabeza. No te hablo ni
me hablas: no hace falta llenar este instante de palabras huecas. No quiero que
se desmienta lo que sé que es real, así, en el silencio.
Lluvia
